“¿Qué vas a querer, amor? ¡Tenemos el mejor vigorón!”

Desde hace 60 años, Francisca Sevilla se levanta todos los días a las cuatro de la mañana a preparar los ingredientes que necesita para el vigorón. Ella ya tiene 80 y no debe “agitarse” mucho, pero no le importa, dice que si no se pone a ayudar, se comienza a enfermar.

Su negocio abre a las ocho en punto. Son ahora sus hijas y nietas las que gritan: “¿Qué vas a querer, amor? ¡Tenemos el mejor vigorón de Nicaragua!”. Francisca es la que agarra el dinero de la venta. Es usual verla platicar con los clientes sobre cuál vigorón es el mejor de Granada. “El de nosotras es el original”, dice con una sonrisa. Sus familiares la secundan.

El vigorón de doña Francisca

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Sin embargo, la idea no fue de ella sino de su madre, María Jacinta Sevilla. Era la década de los 50 y su hogar pasaba por una crisis económica. “Mi papá y mi marido habían sido despedidos de sus trabajos y ellos eran los que mantenían la casa. Una se la tiene que rebuscar por sus hijos y mi mamá me propuso abrir un negocio chiquito de comida. No había otra opción”, comenta Francisca.

En ese momento ella tenía solo un hijo. La familia luego creció a 14 miembros que se reparten entre todos las tareas del negocio.

Cada hijo tiene una función. Tres varones son los que hacen las compras dentro del mercado. Cuatro hijas cocinan junto a Francisca, tres de ellas también venden. Una de sus nueras le ayuda en la venta y cocina.

Explica: “A veces no están todos, ellos se reparten el trabajo por turnos. Yo soy la que no me muevo de aquí, en la casa me siento inútil. Me enfermo”.

“La Abuelita” se retira a las cinco de la tarde pero el negocio cierra a las siete o hasta que se acabe. Siempre recibiendo a sus clientes con una sonrisa de mejilla a mejilla, porque para ellas “ningún cliente está de más”.

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